Pasa un chico y lo saluda con el puño; pasa un padre y le dice: “Buen día, José, está fresco hoy”. Él siempre sonríe y devuelve el gesto: “Buen día, doctora”, “Buen día, peque, dale que llegás tarde”, dice, mientras una catarata de autos llega con más alumnos.
Son casi las 8 de la mañana y José Benito Delgado Ruiz, el histórico canillita del Abraham Lincoln, no para de saludar a la gente. La mayoría responde el saludo; otros son indiferentes. José igual saluda e igual sonríe.
El pasado martes, el canillita cumplió 69 años y un grupo de mamás y alumnos lo sorprendió con una torta y un sinfín de regalos, un gesto que lo emocionó hasta las lágrimas. La iniciativa surgió de un grupo de mamás de un curso y se terminó replicando con padres de toda la escuela. Así, José no solo recibió su sorpresa, sino regalos que lo ayudan a tener un mejor día a día, un hermoso gesto y un gran ejemplo en medio del individualismo que se vive en estos tiempos.
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José y la emoción de recibir el cariño de los alumnos. Foto: Archivo familiar.
Pasaron tres días de aquella mañana inolvidable y el hombre aún siente la alegría que significó ese momento. “Siempre me sorprenden, pero este año fue peor”, dice a ADNSUR. “Son siempre muy buena gente conmigo; a mí me dan ganas de llorar por tanto cariño. Pero creo que es la respuesta a algo que uno hace con mucho cariño, que hace todos los días”. ¿Pero quién es este hombre que conmovió a toda una ciudad por el cariño que le profesan padres y alumnos?
UN CORAZÓN HUMILDE
José es chileno de nacimiento y argentino por el destino de la vida. Nació en Coyhaique y a los 3 años sus padres lo trajeron a Comodoro. Creció en la zona de “La Paloma”, aquel mercadito que le dio nombre a un sector del barrio Jorge Newbery y, ya de chico, supo lo que era el trabajo.
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Con la frente en alto y con orgullo cuenta que comenzó a vender diarios a los 6 años, la misma edad de aquellos niños que cada mañana ve entrar a la escuela. Eran otros tiempos y otra vida; también el contraste injusto que a veces arroja la realidad.
“Mi infancia fue esta”, dice con orgullo. “Comencé con esto y voy a terminar con esto, pero trabajé en distintos lugares, como URPA, de fletero, en la Crush, cuando estaba Mario Rasso. A los 6 años comencé a vender diarios, lustrando, pero todo lo hice con la frente en alto, gracias a Dios. Iba y venía y así ayudaba a mis viejos. Él trabajaba en la Usina”.
Como cuenta, en su vida hizo de todo, pero siempre abrazó el oficio de canillita cuando lo necesitó. Padre de cuatro hijos y abuelo de varios nietos, admite que tuvo una vida dura. Alguna vez sufrió el incendio de su casa en el barrio Máximo Abásolo, también la muerte de un hijo y, hace un año, la de su esposa. Por eso, el cariño de los niños es tan importante para él.
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Respecto a su oficio, cuenta que “antes era más sufrido: había frío, escarcha, de todo; ahora el clima es otro, nada que ver con antes, pero me gusta. Sé que estos son los últimos diarios y los vendo con amor, con cariño, y tengo mi clientela, que es muy buena gente”, dice mientras enumera a Roca, Panda, Arcoíris, Loa y la mueblería. “Son gente de años, desde que yo dejé de trabajar en otro lado”.
José y su uniforme típico con el diario bajo el brazo. Foto: ADNSUR.
UN OFICIO DURO
El diariero cada día se levanta de madrugada. Cerca de las 3:30 hs suena el despertador para salir a buscar los diarios. Una vez que los retira, comienza el reparto en las casas de sus clientes habituales y luego llega el momento de ir al colegio, el lugar donde durante una hora recibe a los chicos. Es que, a fuerza de ser sincero, José reparte más saludos que diarios, pero él es feliz.
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“Esta es la vida mía y yo me siento bien vendiendo diarios. Acá estoy desde que comenzó la escuela. Para mí es una familia más la que tengo acá; si no viniera acá, con todo lo que he pasado, no estaría vivo”, dice con un sentimiento que desgarra. “Ellos me tratan bien, me han dado muchas cosas, cosas lindas, hermosas, y solo por mi voluntad, de querer a los chicos, de verlos todos los días a la mañana. Algo muy bonito, muy hermoso. Muchos me saludan y son doctores, otros, ingenieros. ‘Hola, José’, pero eso es lo que uno cosecha haciendo las cosas bien, porque a mí me enseñaron así. ‘Eso no lo toques porque no es tuyo; si encontrás algo, devolvelo’. Esa es la enseñanza de antes.”
José no duda y sentencia: “Es bonita la vida, pero hay que vivirla bien porque hay una sola y después no hay más. Entonces hay que vivirla bien, con lo poco que ganás pero con la frente en alto”.
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“Yo sé que en algún momento me voy a ir, pero voy a ir contento; me voy a ir bien, porque sé que las cosas las pude hacer, como pude, pero lo hice bien. Obvio, siempre uno comete errores, pero traté de hacer lo mejor posible. Me voy a ir con la frente en alta, gracias a Dios y con el cariño de la gente que me aprecia”.
José saluda a cada chico que entra y a sus padres. La mayoría le devuelve el saludo. Para él es un gran gesto de cariño que lo ayuda a vivir mejor. Foto: ADNSUR.
El reloj marca las 8; algunos rezagados todavía ingresan al colegio. La calle casi está vacía y José acomoda sus diarios. El hombre se prepara para partir, estrecha la mano, agradece, sonríe y se va cuesta arriba, listo para entregar el próximo ejemplar, compartir un café y continuar la mañana hasta que el sol de mediodía le ponga una pausa a la jornada de este oficio que promete continuar, porque, como dice él: “Comencé con esto y voy a terminar con esto.”