InicioDeportesCrónica de una maduración interrumpida en tiempos de scroll infinito

Crónica de una maduración interrumpida en tiempos de scroll infinito

El profesor entra al aula con la voz henchida de entusiasmo. Está convencido de que su gramática docente es perfecta, que sus ejemplos entrelazan, como nadie podría hacerlo, el reino animal con la tecnología. Y ni hablar de las actividades que preparó: harían suspirar a Sócrates. Pero lo que encuentra son miradas perdidas, cuerpos que se disuelven en las sillas. Jóvenes aparentemente sin energía, sin deseo. Como si la mañana les hubiera revelado que el universo no tiene un “para qué aprender”, sino apenas un desolado “¿para qué?”. Como si la clase fuera un accidente.

La presencia del profesor esas mañanas, semana tras semana, se siente como un vestido demasiado apretado para el espíritu. La telaraña entre el mundo áulico y el real parece tan espesa que el tránsito de esas pocas horas es una negociación silenciosa con la realidad. Allí, donde deberían afirmarse los hilos de la responsabilidad, la constancia y la apertura hacia los otros, asoma con frecuencia un cansancio prematuro, una ansiedad que late como ruido de fondo.

Una investigación reciente de la Florida State University y la Universidad de Montpellier detectó que, tras la pandemia, se aceleró un cambio inquietante en los rasgos de personalidad de los jóvenes. En la franja de 18 a 39 años descendieron de manera marcada la responsabilidad, la disciplina y la persistencia (lo que los psicólogos llaman conscientiousness), además de la amabilidad y la extraversión. Al mismo tiempo, el neuroticismo -tendencia a la ansiedad y al malestar emocional- mostró un aumento sostenido. Los autores del estudio describieron este fenómeno como una “maduración interrumpida”, pues las trayectorias habituales de crecimiento personal en la adultez temprana parecen haberse desviado.

Nueva novela distópica o el aula como escenario vetusto frente a la pantalla omnipresente que todo lo seduce… difícil asegurar la opción correcta. Porque la pizarra y el proyector, aún con su apariencia y variantes del siglo XXI, parecen reliquias frente a los agujeros negros emocionales del scroll incesante. Lo que antes se entendía como trayectorias de maduración adulta -ganar disciplina, templar la persistencia, tolerar las diferencias- parecen haberse fracturado. Son desviadas por un entorno que alimenta la excitación instantánea y desalienta el trabajo silencioso.

Es probable que a un clic los alumnos hoy olviden el último comentario del profesor. Y aun cuando este redoble el arte acrobático de encantar, retener y persuadir, la atención parecerá un cristal agrietado por notificaciones. Y el compromiso real, un corsé del siglo pasado. Lo digital les ofrece mil excusas para no estar, para no dejarse atraer. El profesor tiene un arsenal de metáforas, preguntas provocadoras, miniproyectos colaborativos, un humor que aligera teorías densas. Pero enfrenta a un público que está a la vez presente y ausente; allí, pero en otra dimensión. Y en esa extraña deriva, el mencionado estudio científico observa que la amabilidad y la extraversión, pilares del vínculo humano, se retraen y fertilizan el terreno para el malestar difuso y la angustia sostenida.

El diagnóstico resuena con la advertencia que Marshall McLuhan, “gurú” de la comunicación en los años 60, formuló mucho antes de que existieran las redes sociales: “El niño en la actualidad está creciendo en un absurdo, porque vive en dos mundos y ninguno lo predispone a crecer”. Refiere a un mundo físico menguante y un nuevo mundo tecnologizado que absorbe la consciencia mediante la excitación. Lo que McLuhan dice es que el aprendizaje es un viaje, no un tesoro. El contenido – los libros, videos o datos que recibimos – no es la meta, como en el mundo tradicional. El contenido es la herramienta que hace que nuestro pensamiento crezca. Más que acumular información, el punto de apoyo de la nueva palanca es cómo la información nos transforma mientras la exploramos. En otras palabras: no importa tanto qué vemos o aprendemos, sino cómo la mente se mueve y se despierta con ello.

La intuición del pensador canadiense parece hoy profética: el aula tradicional, concebida como templo de la palabra viva y del conflicto conceptual, se ve desplazada por el altar seductor del feed infinito. El mundo real se vuelve líquido mientras las aulas permanecen rígidas. En ese contraste, lo que algunos investigadores bautizaron “maduración interrumpida” se convierte en experiencia cotidiana: la adultez temprana sucumbe a pantallas que prometen compañía, pero devuelven ansiedad.

El aula se transforma cuando el entusiasmo y la curiosidad – criaturas raras – se atreven a dar señales de vida y enseñar se vuelve una práctica compartida. A veces, en ese proceso, emerge la desesperación: algunos estudiantes se angustian por no poder hacer las mismas deducciones que el docente, como si el pensamiento tuviera un patrón único. Pero esa diferencia no debe ser vista como un obstáculo sino como el inicio de algo más profundo.

La paradoja es clara: nunca hubo tanto acceso a información y, a la vez, nunca costó tanto darle sentido. Si la escuela y la universidad no disputan ese terreno con experiencias que enciendan la curiosidad, corremos el riesgo de una generación conectada todo el tiempo, pero incapaz de habitarse a sí misma.

El verdadero milagro de la educación no reside en la transmisión de certezas, sino en el nacimiento de una búsqueda –la de los jóvenes y sus potencialidades adormecidas- que ya no se pueda apagar.

Director del Instituto de Ciencias Sociales (Insod) de UADE

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